sábado, 7 de junio de 2008

Un conflicto provocado por quienes deben resolverlo

Espero no agobiarlos, pero la referencia al tema del campo es nuevamente obligada.
Por cierto, los problemas del país son múltiples, pero el conflicto rural, que ya lleva casi tres meses, ha adquirido una envergadura que no se puede desconocer.
Estamos viviendo circunstancias cada vez más preocupantes.
A pocos días de cumplir seis meses de mandato, la señora de Kirchner ha batido un record: nunca la imagen positiva de un gobierno cayó tanto en tan poco tiempo.
Ni Bush luego de ocho años y una guerra universalmente denostada logró caer a los niveles a los que llegó nuestra presidenta en un contexto económico internacional tan favorable como no tuvo la Argentina en un siglo.
El mundo nos mira con asombro y perplejidad. Los principales diarios, aún los ubicados en la franja progresista, como “El País” de España, apuntan durísimos comentarios sobre nuestro gobierno. Los líderes mundiales que visitan la región nos eluden, como también nos esquivan las inversiones externas.
La inflación y el desabastecimiento crecen. La economía, a despecho de las declaraciones oficiales, se enfría. Ganamos la lotería y nos presentamos en concurso.
La presidenta, a su turno, está cada vez más ausente. Ahora dicta lecciones sobre políticas alimentarias en Roma cuando es incapaz de hacer nada concreto en su país; pero lo está siempre en el sentido de que se percibe ya sin duda alguna que no es ella la que gobierna.
El doble comando que mencionó Eduardo Duhalde aparece ahora como una figura piadosa: en verdad, hay un comando único de Néstor Kirchner, quien sigue decidido a poner de rodillas al campo, como se lo ha declarado a sus contertulios.
El verdadero presidente, de tal forma, agudiza el conflicto. Insiste en su versión conspirativa y retrógrada de la historia. Imagina a la oligarquía antes vacuna y ahora sojera enfilando sus ejércitos para derrocarlo.
Triste objetivo para quien debería intentar ser un estadista y ha demostrado que no le da el piné
Habla de oligarquía, de señores feudales. Si la Argentina tiene cientos de miles de oligarcas, debería ser un paraíso.
Las imágenes de la televisión contradicen la versión oficial. Se ve a gente común, austera, de familia. El microclima de Olivos, del helicóptero y del El Calafate no permite entrever la realidad.
La gente se ríe del Indec. Todos suponemos que ellos mismos no creen en sus propios dibujos, lo que hablaría de su cinismo y mala fe. Pero hay una posibilidad más aterradora: que se crean los escenarios virtuales que inventan. Entonces, sí, estaríamos en las puertas del infierno.
Se acusa a los productores rurales de ganar plata. ¡Qué más queremos! Si ganan, pagarán más impuesto a las ganancias. ¿Porqué se castiga a este sector y no a otros que también ganan, muchas veces gracias a los favores y prebendas oficiales?
Lo que les gusta de las retenciones es su carácter discrecional. No sólo hacen caja: la reparten como se les da la gana, para premiar o castigar políticamente. Como no son coparticipables, ello aumenta el centralismo.
Ni los más acérrimos unitarios del siglo XIX eran tan unitarios como los Kirchner.
El Episcopado Argentino le pide un gesto de grandeza y una vigencia aún más plena de las instituciones de la República. Demanda “promover el verdadero federalismo, el fortalecimiento institucional de las provincias, con su justa autonomía respecto del poder central”, y recibe como respuesta que ello es una falta de respeto a la Presidenta. Otra muestra de intolerancia, de soberbia y autoritarismo de estos progresistas decadentes, trasnochados que viven anclados en los ´70, pero que usufructuaron los ´90.
Pero esto se tiene que acabar. Hay un pueblo que se está despertando luego de un largo letargo. Nuestra misión como dirigentes es encauzar esas energías sociales con sentido constructivo y pacífico, dentro del Estado de Derecho y la Constitución Nacional.
Es la hora de la serenidad, pero también de la firmeza.
Por Jorge R. Enríquez
Fuente: Notiar.com.ar
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